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Por Rolombian Travel - Septiembre 4 de 2016

Personas ahorran y ahorran para que cuando lleguen sus vacaciones puedan pagar planes costosos en lugares hermosos y no se percatan que a tan sólo unos cuantos kilómetros hay lugares alucinantes, lugares llenos de paisajes únicos en Colombia y se pierden las innumerables historias y secretos que nos tienen guardadas las montañas de este inmenso país.

Bien juiciosos madrugamos el día domingo, atrás quedaba el tráfico, la jungla de cemento que día tras día resguarda millones de sueños, y ante nuestra vista se desplegaba una infinidad de paisajes montañosos, nubes blancas como copos de nieve y nuevamente nos sumergíamos en el mar verde llamado Colombia.

Fue una mañana mágica, más kilómetros tras nuestras espaldas y las sonrisas alineaban más y más esas arruguitas que un día verán nuestros hijos y nietos. Al llegar a Fusagasugá el paisaje cambió por completo, los árboles eran de colores, flores moradas, naranjas, verdes, rojas, cosecha de naranjas y mandarinas por doquier,  los guacales colmados de frutas y no podían faltar las tiendas de pueblo, esas tiendas donde uno creció, donde fiaban, donde después de un partido el refresco de 50 pesos era bendito y cuando el hambre asechaba el salchichón cervecero con limón apaciguaban los vacíos estómagos… gratos recuerdos de esos bellos días que no regresarán.

Cada curva nos acercaba más a nuestro destino, y al cruzar la montaña que esconde este pacífico lugar, se podía divisar San Bernardo (Cundinamarca), un pequeño pueblo de la provincia del Sumapaz que no es muy apetecido por los grandes viajeros ¡y vaya qué error cometen!, ojalá muchos incluyan en su itinerario este encantador lugar. Nosotros lo elegimos porque todos los pueblos de Cundinamarca merecen ser recorridos, se debe disfrutar de sus maravillosas iglesias, bañarse en sus ríos y, sobre todo, compartir con los lugareños resulta muy enriquecedor.

San Bernardo es reconocido por tener uno de los templos parroquiales más altos de Colombia, por la fertilidad de sus tierras, y por resguardar un misterio latente de que los cuerpos que reposan en el cementerio del municipio, después de llevar varios años muertos salen momificados.

Cuando estábamos en el colegio, los profesores nos contaban historias de momias que eran encontradas en las pirámides de Egipto, en Guanajuato (México), en Tarim (China), y en muchos más lugares de este inmenso mundo, y nosotros maravillados y expectantes no veíamos la hora de conocerlas, lo complicado estaba en poder desplazarnos hasta estos destinos. Ignorábamos por completo que, a tan sólo 110 kilómetros de Bogotá, por un extraño fenómeno de momificación natural, las momias sí existen en Colombia, pero… ¿cómo es esto posible?

Llegamos al actual cementerio de San Bernardo, este estaba solo, no había ni una sola alma que nos guiara por este sombrío lugar, nuestra única compañía era la infinidad de tumbas adornadas por bellas flores de todos los colores que buscaban darle alegría, el cielo se puso gris, y frente a nuestro lente innumerables historias que se cortaron de raíz y ahora descansan en ese eterno lugar en el que algún día daremos nuestro último gran viaje; no se sentía la brisa, los pajaritos no entonaban sus notas de libertad, lo único que sonaba eran nuestros pasos, el olor a tierra se incrustaba en nuestro pulmones y la soledad se apoderó de nosotros, no pronunciábamos ni una sola palabra, no daban ganas de hablar.

Entre padres, madres, hermanos, hijos, abuelos, amigos, y el sinfín de nombres que identifican el lugar de su eterno descanso, de la nada salió un señor, que nos invitaba a conocer el sitio donde hay cuerpos eternos, que le hacen compañía en su pequeño puesto de ventas de escapularios; sin dudar lo seguimos, compartió con nosotros sus historias y bajo su humilde sonrisa encontramos la vitalidad que tanto necesitan sus eternos acompañantes. La entrada a este lugar cuesta $3.000 COP por persona.

Una vez llegamos al Mausoleo de Momias P. José Arquímedes Castro, les dijo a sus compañeros que nos trataran bien, que no nos fueran a asustar (creemos que nos asustó más esta advertencia que dijo),  y sin más se fue, por más solos que estuviéramos sentíamos que nos acompañaban, en el salón se hallaban unas urnas de cristal y en su interior se encontraban cadáveres que conservaban muy bien la ropa con la que un día, ya hace muchos años, adornaron sus cuerpos; se evidencia que su piel no quiere abandonar lo que un día fue un esmerado trabajador, sus manos sujetaban con firmeza un cristo que busca guiarlos por el túnel oscuro y sus rostros reflejaban que por más fuertes y grandes que nos sintamos en vida, todos vamos a parar en esas cuatro tablas, entendamos de una vez por todas que la vida material tiene fin.

Al dejar atrás a nuestros “nuevos amigos” no salimos del asombro, no sabemos si son cuerpos que se esfuerzan por mantenerse con el fin de que sus familiares tengan presente su recuerdo, no sabemos si es por culpa de la Guatila y el Balú (fruta y legumbre de la región)…, lo que sí sabemos es que si no es ahora entonces ¿cuándo?, ¿cuándo cumplirás tus sueños?, ¿cuándo amarás?, ¿cuándo perdonarás?, y sobre todo, ¿cuándo vivirás verdaderamente?; cuando formemos parte de la tierra no habrá lugar a  arrepentimientos por no hacer de nuestra vida algo para recordar.

Para finalizar el día y a media hora de camino por una trocha interminable, llegamos a un lugar llamado “La Chapa”, un mirador privilegiado, en el que se puede apreciar todo el valle del Sumapaz, cuenta con una vista única, rodeado de una abundante cosecha de tomate de árbol y unas piedras enormes que expresan una vez más lo diminutos que somos en el mundo.

“No han sido reyes ni faraones, ni grandes personajes públicos, son la huella imperecedera de hombres y mujeres sencillos, gente trabajadora que nos hablan desde su noble condición de campesinos colombianos”

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